La naturaleza humana nos ha dotado de la capacidad de cuidar. Nuestro cerebro está programado para ayudarnos a sobrevivir en base a relaciones de cuidado y cooperación con otros, y por lo mismo, traemos “de fábrica” la capacidad para vincularnos y cuidarnos mutuamente.
Desde ese punto de vista, pareciera entonces muy sencillo, simplemente confiar en la capacidad que la evolución nos ha dado, tal como al resto de los animales. Sin embargo, en los seres humanos existe una complejidad mayor: somos seres conscientes, pensantes, capaces de tomar decisiones que van mucho más allá de lo instintivo y construimos sistemas de relación, “comunidades humanas” complejas.
En este contexto, nos vemos enfrentados a la tarea de custodiar y enseñar a otro ser desde su gestación. Cuidarlo y educarlo para que progresivamente sea capaz de crecer y desarrollarse dentro de este complejo sistema de relaciones.
Como padres y madres, criamos utilizando todo nuestro bagaje de experiencias y aprendizajes, una mezcla donde la forma en que nos vinculamos con nuestros hijos, nos relacionamos entre padres y enfrentamos los desafíos diarios estará fuertemente mediada por nuestra historia vital, particularmente por la historia de nuestra familia, la historia de nuestros propios cuidadores y su estilo de crianza, nuestras heridas emocionales y cómo han sido reparadas o no reparadas.
A la hora de criar, existirán situaciones en las cuales nos sentiremos “como pez en el agua”, no obstante, habrá innumerables momentos donde nos sentiremos inseguros, desconcertados o perdidos, incluso culpables. En ese instante, será necesario no quedarnos solos mucho tiempo. Darnos cuenta de lo que nos sucede y comprenderlo con la ayuda de otro será fundamental. La crianza requiere espacios de escucha, vínculos que sostengan no solo al niño/a, sino también al adulto que lo guía.




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